Me envía Linda un comentario a mi artículo de hace unos días titulado “Analfabetismos”. Dice, con razón, que hay otro analfabetismo más: el doméstico. Ese que le impide a ella misma descifrar las instrucciones de los electrodomésticos, pongamos por caso.
No te alarmes, querida Linda. Ahí estamos todos incluidos. O por lo menos todas las personas normales.
Es imposible descifrar unas instrucciones de un sencillo y humilde electrodoméstico. Así de tajante. Yo no lo he conseguido jamás. Tampoco ninguno de mis amigos o familiares. Investiga entre tus vecinos y te lo confirmarán. No hay manera.
Y, sin embargo, ese mismo cacharro, que, a través de las instrucciones que le acompañan a su pesar, se muestra opaco a nuestras miradas escrutadoras, al cabo de poco tiempo, va mostrando paulatinamente sus secretos con naturalidad y sin engolamientos. En cierta medida, es una dulce forma de proceder, cercana a la resistencia pasiva que proponía Gandhi, que le daría la razón a lo que planteaba el mismísimo Maiakovski en “La rebelión de los objetos”. Sea como fuere, nuestra intuición y la buena disposición de los cacharros, van obrando el milagro de la interrelación y la comprensión mutuas. El microondas, por ejemplo, asumiendo su condición de objeto inerte (pero no por eso necesariamente gilipollas), y nosotros como seres inteligentes (por lo menos relativamente).
Por eso, creo que hay aquí gato encerrado. Si las instrucciones crean un muro y no sirven para instruir, ¿para qué sirven entonces...?
Voy a ponerme a pensar en este asunto y te planteo, Linda, que también tú lo hagas entre clase y clase. Podríamos partir de una hipótesis: alguien, a través de ellas, pretende investir al objeto recién adquirido de un halo mágico, impenetrable y oscuro.
¿Será un arma del consumismo en la que todavía nadie había reparado?

Supongo que no eres gay, porque dices que tienes un hijo de ocho años. Me alegro. No me caen mal, pero me alegro que tú no lo seas. Me alegra saber que hay hombres heterosexuales que tengan sensibilidades como la tuya. Leo tus textos y me tienes loquita, Zucco. Lucía.
Publicado por: Lucía | febrero 07, 2005 en 07:56 p.m.
Soy de los vuestros. Fisgón
Publicado por: Fisgón | febrero 07, 2005 en 06:12 p.m.
Cada vez que me enfrento a un folleto de instrucciones de cualquier aparato, lo primero que hago es apartarlo a un lado y olvidarlo. Como bien dices, los aparatos acostumbran a ser mucho más amables y cercanos que sus manuales de (des)instrucción.
Y ¿sabes qué es lo peor? Pues que yo creo que ni siquiera hay un afán de incorporarle un halo mágico, impenetrable y oscuro. Lo que creo es que simplemente hay un desprecio absoluto por el comprador, de quien sólo se espera que pague e inicie su andadura en solitario.
Creo en el "alma" de los objetos y los cuido como me gustaría que hicieran conmigo ... pero esa es otra historia.
Besos arcoiris
Publicado por: Iris | enero 29, 2005 en 08:21 p.m.